El susurro del verdugo
El pasillo del hospital se convirtió en un campo de batalla invisible. Cuando el doctor finalmente salió de la habitación, su rostro era una máscara de neutralidad profesional que, para las mujeres que esperaban, resultó más devastadora que un grito.
—¿Y bien? —preguntó Victoria, con la voz rota, aferrándose al brazo de una enfermera como si fuera su último ancla a la cordura.
El doctor suspiró, ajustándose las gafas. —Lamento informarles que todo fue, probablemente, una