La Verdad Bajo PresiónLa frialdad de la comisaría era un golpe seco después del ambiente asfixiante del hospital. En la mansión Blackwood, la ausencia de Elena y Taylor se sentía como un vacío tóxico, uno que Flor se encargó de llenar con su veneno calculado.Victoria, con el rostro deshecho por el llanto, se desplomó en una silla de la sala de espera del hospital. El silencio que siguió a la partida de los oficiales era absoluto, roto solo por los sollozos intermitentes de la madre.—Quiero que se hundan, Arturo —dijo Victoria, su voz ahora un susurro lleno de una malevolencia que asustaba—. Quiero que se pudran en la celda más oscura. Llama a tu mejor abogado, paga lo que sea necesario. Si hace falta la pena de muerte, que se haga. ¡Esa mujer le quitó a mi hijo, le quitó la razón y ahora casi le quita la vida!Arturo, que caminaba de un lado a otro, se detuvo en seco. Miró a su esposa y, por primera vez, vio en ella a una extraña. —Victoria, detente. El odio te está cegando —respon
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