Elena corrió hacia la entrada de la celda, apoyando sus manos pálidas sobre los fríos barrotes de hierro negro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero al ver a su madre y a Julieta, una chispa de cordura regresó a su rostro. —Sí... estoy bien, mamá. —Estoy bien, no te preocupes por mí —respondió Elena con la voz ronca, tratando de infundir una calma que no tenía. Rápidamente, desvió sus ojos desorbitados hacia Julieta—. Julieta... por favor, dime la verdad. ¿Cómo está Alexander? ¿Qué te di