La sangre se derramaba sobre las sábanas, como una copa de vino rechazada por manos torpes, extendiéndose en manchas densas que se impregnaban en la tela con una lentitud obscena, como si el propio tejido quisiera beber de aquel cuerpo agonizante. El cuerpo del espía temblaba, estremecido por la manera cruel en que la vida se le escapaba, gota a gota, suspiro a suspiro, en convulsiones breves y húmedas.Raluca recogía cada hilo que descendía por el cuello pálido, saboreándolo con una devoción impía, enardecida entre el deseo y la agonía de saberse ignorada por su conde, de no ser la elegida, de no ser la que compartía el lecho ni el sudor ni la respiración nocturna de aquel hombre al que había entregado su fe. Si bien aceptaba a Catherine como su dueña, como emperatriz y señora de su destino, sentía un rechazo profundo y corrosivo por la emperatriz viuda, aquella mujer que compartía carne y cama con su amado ser, aquella que ocupaba el sitio que Raluca codiciaba en silencio desde hací
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