XVI

Los meses no transcurrían, se arrastraban con la pesadez del plomo, marcando la presencia del futuro monarca en las entrañas de Catherine. Lo que para el reino era una bendición de linaje, para la reina era una metamorfosis dolorosa; su vientre se tensaba como la piel de un tambor de guerra, albergando una vida que consumía su vitalidad desde dentro. En la penumbra de la alcoba real, las sonrisas de Thomas eran el único regalo que ella se permitía aceptar, un bálsamo efímero contra el terror de lo desconocido.

Allí, los tres —el Rey, la Reina y la presencia invisible que palpitaba bajo la seda— se sumergían en el ritual de seleccionar un nombre ideal para el bebé. Thomas, cuyas manos eran instrumentos de guerra cubiertos de cicatrices y callosidades, rozaba con una delicadeza casi sagrada las mejillas hinchadas de su esposa. A sus ojos, Catherine no era la soberana implacable que diezmaba corruptos; parecía una pequeña abeja, laboriosa y frágil en su nueva redondez. Le resultaba adorable contemplar el brillo febril de su mirada, pero le era insoportable verla sufrir. Los pies de la reina, antes ligeros para el baile y la huida, ahora se hinchaban como si cargaran con el peso de toda Inglaterra, y la idea de los dolores desgarradores que vendrían con el parto le robaban al monarca el aliento.

Thomas luchaba por mantener una calma fingida. Su confianza en la fortaleza de Catherine era un pilar que lo sostenía, pero en el fondo de su alma, un miedo primitivo le susurraba que la vida a veces exige un tributo de sangre demasiado alto. Le reconfortaba verla feliz, amando a ese hijo engendrado en el clímax de una pasión que bordeaba la locura. Sin embargo, en la soledad de sus pensamientos, elevaba ruegos prohibidos: rogaba ver a su esposa reflejada en el bebé. No sabía cómo reaccionaría si el niño nacía con sus propios rasgos, si llegaba a parecerse a él, el hombre que todavía se veía a sí mismo como un portador de sombras.

Mientras Catherine caminaba por la habitación, tarareaba una canción de guerra antigua, una melodía de acero y barro que parecía una contradicción con su estado. Imaginaba al monarca que sería su hijo; visualizaba a un niño que poseyera el fuego de su padre pero que fuera, en su totalidad, un ser diferente. No deseaba que sus hijos crecieran bajo la sombra de los traumas de sus padres; no quería que su propio reflejo, manchado por la política y la sangre, se proyectara en la inocencia de su descendencia.

Catherine sabía que ella no era una criatura de luz. En los rincones más profundos de su alma, una sombra se retorcía, reflejándose en cada espacio de su psique como un espejo roto. Era una faceta que le corrompía el juicio, una parte de su identidad que ella negaba incesantemente pero que florecía cada vez que la justicia exigía una ejecución. Recordaba con una mezcla de asco y orgullo cómo, en ausencia de Thomas, había acariciado esa oscuridad al derramar la sangre de los rebeldes. Lo había hecho por él, para limpiar el camino de espinas y dejar que Thomas fuera libre como persona y como monarca. Ella aceptaba ser el verdugo para que él pudiera ser el santo.

—Edward, paremos un poco —dijo con la voz rasgada, mientras caminaban entre el verde campo que rodeaba la posada real.

El doctor real, un hombre que entendía el cuerpo humano como una máquina de relojería, había solicitado que Catherine no abandonara la actividad física. Tras un tiempo de entrenamiento constante y escaramuzas, un cese total del movimiento sería mortal para su musculatura. Debía caminar al menos una hora y media por día, pero la realidad era cruda: sus piernas se hinchaban, el dolor punzante le subía por las pantorrillas y el aire empezaba a faltarle antes de completar el tiempo indicado.

Con sumo cuidado, casi con una reverencia religiosa, Edward rozó la cintura de su reina para sostenerla mientras ella buscaba asiento en un banco de piedra. Para Catherine, incluso ese simple movimiento se había vuelto una coreografía de incomodidad y vergüenza, pero con Edward todo era más sencillo. Él no la juzgaba; él la sostenía.

Para el caballero, esos segundos eran un fragmento de eternidad. Al acercarse, el aroma limpio de Catherine —una mezcla de lavanda y la pureza del aire matutino— inundaba sus sentidos, un anhelo que alimentaba sus noches de vigilia. Ella cargaba la semilla del Rey, el hombre al que Edward le era sumamente leal, y ese hecho era un clavo ardiendo en su pecho. Formaba parte de ese grupo de caballeros que callan, que mueren por dentro al caer en las redes traicioneras de una pasión devota y un amor oculto que jamás podrá ser pronunciado. Mientras esos tres segundos de contacto físico se esfumaban para la Reina, para Edward eran el recordatorio lacerante de su propia soledad.

—Mi reina, ¿necesita que la lleve de regreso hasta su posada? —preguntó él. Su aliento, cálido en el aire fresco, chocó contra los hilos dorados de la cabeza de ella.

Catherine se negó con un gesto brusco de la mano. No podía permitirse demostrar debilidad ante el resto de la guardia o los sirvientes que observaban desde la distancia. Confiaba plenamente en Edward, sabía que él moriría por ella, pero lo que no podía tolerar era su lástima. El orgullo era la última armadura que le quedaba en su estado.

Mientras descansaban bajo una nube blanca y casi transparente que filtraba la luz del sol, la presencia del Conde rompió el silencio. Traía consigo una bandeja de galletas, las favoritas de Catherine, rojas y dulces como el pecado.

—Mi reina —el Conde se arrodilló sobre la hierba húmeda, depositando un beso sobre el lienzo que cubría la piel de la mano de ella—. Raluca me pidió que le dijese que está encantada con sus vacaciones, pero que ante cualquier necesidad, ella regresará de inmediato para ser su acompañante.

El Conde lanzó una mirada rápida y cargada de un matiz indescifrable hacia Edward. —No es necesario —sonrió Catherine, aunque el gesto no llegó a sus ojos—. Que disfrute de su tiempo libre; cuando nazca el bebé, la paz será un recuerdo lejano. ¿Qué le trae hasta aquí, Conde? ¿Acaso tiene una reunión con Thomas?

Por primera vez en años de diplomacia y engaños, el Conde sintió una punzada de vergüenza. No quería admitir que su presencia allí no tenía fines políticos, sino que era el resultado de una obsesión que lo obligaba a buscar el rostro de la reina. Solo había ido por ella, para entregarle esas galletas cuya receta, según se rumoreaba en las cocinas, requería ingredientes que evocaban el color de la propia sangre.

—Así es, mi reina. Solo vengo a entrenar con mi Rey y, de paso, traje este pequeño obsequio para usted —dijo, entregando el paquete con una dicha amarga en su corazón.

Abandonó el lugar para encontrarse con Thomas. No odiaba al Rey, pero sabía que su existencia era el único obstáculo real para el futuro que él había imaginado mil veces en sus delirios.

Desde un rincón oscuro de las balconadas, la Emperatriz Viuda observaba la escena. Sus ojos eran dos pozos de odio, oscurecidos por la pintura que se había esparcido sobre su piel debido a las lágrimas de una rebeldía incontrolable. Desde que se supo que Catherine sería madre, el Conde la había abandonado en su viejo castillo, ignorando sus necesidades y su carne marchita. La piel de la anciana parecía clamar por vitalidad, deseando absorber cada centímetro de la juventud de Catherine como si la reina fuera un río seco y ella una caminante sedienta.

Con manos temblorosas y una voluntad de hierro podrido, la viuda envió una paloma mensajera hacia un recóndito lugar del norte. Allí, en una choza que olía a moho y a traición, un grupo de sicarios y nobles desterrados aguardaban sus órdenes para ejecutar uno de los tantos planes malévolos que la anciana había diseñado para reclamar su lugar.

Esa noche, mientras Edward disfrutaba de su cambio de turno, buscó refugio en una de las casas de placer de la capital. Necesitaba silenciar el eco de la voz de Catherine. Escuchaba los gritos de placer provenientes de las damas que le acompañaban, mujeres hermosas de pieles suaves y labios pintados, pero ninguna era ella. Pese a que otros labios tocaban los suyos y otras manos acariciaban su carne guerrera, Edward estaba en otro lugar; su mente permanecía encadenada al banco de piedra donde su reina descansaba.

Sin embargo, bajo los muros fríos del castillo, la tragedia se cocinaba a fuego lento. El Conde, en un acto de vigilancia paranoica, detectó a unos sicarios que intentaban infiltrarse por las alcantarillas, contratados por la rabia de la Emperatriz Viuda. La lucha fue breve y brutal. La sangre de los traidores fue el principal premio del Conde, quien los masacró con una eficiencia que rayaba en la locura. Al terminar, solo deseaba un abrazo tierno de su reina, un gesto de gratitud que Catherine le otorgó con una sonrisa cansada, mientras el ingenuo Thomas agradecía la lealtad de su "amigo".

—Mi amado rey, el Conde necesita ser recompensado por su valentía —insistió Catherine esa noche, mientras aguardaba detrás de un biombo de seda. Su cuerpo se sentía pesado, una carga que solo podía ocultar tras las telas.

El Conde, con su agudeza visual perfeccionada en la oscuridad, podía identificar la silueta de la reina a través de los lienzos. Su mente volaba hacia lo prohibido, imaginando lo que el biombo ocultaba. —Mi reina, la única recompensa que mi humilde ser anhela es vuestro bienestar, el del Rey y el de este bendito reino —respondió él con la labia de un poeta y el corazón de un lobo.

Thomas, confiado en su buena fe, le invitó a compartir su mesa. Se sirvieron los mejores vinos, frutas importadas de regiones cálidas y manjares que habrían saciado a un ejército. Pero el Conde solo anhelaba el plato a su lado. Deseaba ser él quien la protegiera en la cama del parto, ser él quien fuera torturado por los caprichos de la reina hasta que la última gota de vitalidad se escapara de su cuerpo. El amor del Conde no era una bendición; era una enfermedad devoradora.

La mañana siguiente fue una puñalada de decepción para Edward. El aire se le escapaba de los pulmones mientras subía las infinitas escaleras de piedra que llevaban a los jardines altos. Al llegar, vio a la reina radiante bajo los primeros rayos del sol, una visión de maternidad y soberanía que lo hizo sentirse indigno.

Se tiró al suelo, de rodillas, buscando en la dureza de la piedra un castigo para su propia existencia. Sentía que había fallado, no por la seguridad del castillo, sino por haber buscado consuelo en los brazos de otras mujeres mientras su reina corría peligro. Catherine caminó hacia él, su paso ahora lento y pesado, y con una suavidad que dolió más que un látigo, le obligó a levantarse. Tomó su mentón y le obligó a mirarla directamente a los ojos.

—Estoy bien, Edward. Siempre me has protegido y cuidado con ternura —sonrió ella, aunque había una nota de despedida en su voz—. Pero debes entender algo: no siempre vas a poder estar a mi lado para defenderme. La vida que llevo dentro atraerá tormentas que ni siquiera tú podrás detener.

Sus palabras no fueron de ayuda; fueron una sentencia. Edward se alegró de que ella y el bebé estuvieran a salvo de los sicarios de la viuda, pero la culpa era un manto que lo asfixiaba. Cargaba con el peso de la inseguridad de Catherine y con la "traición" de haber probado placeres que no provenían de ella.

Sintió un impulso eléctrico, una necesidad animal de rodearla con sus brazos, de sentir la vida que crecía en ella contra su propio pecho. Pero se contuvo, como lo había hecho mil veces antes y como lo haría hasta el día de su muerte. Porque Edward no era solo un caballero; era el guardián de una sombra que nunca llegaría a tocar la luz.

Mientras tanto, en el horizonte, el vuelo de una paloma mensajera marcaba el inicio de una guerra que no se libraría con espadas, sino con la sangre de un recién nacido.

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