Los meses no transcurrían, se arrastraban con la pesadez del plomo, marcando la presencia del futuro monarca en las entrañas de Catherine. Lo que para el reino era una bendición de linaje, para la reina era una metamorfosis dolorosa; su vientre se tensaba como la piel de un tambor de guerra, albergando una vida que consumía su vitalidad desde dentro. En la penumbra de la alcoba real, las sonrisas de Thomas eran el único regalo que ella se permitía aceptar, un bálsamo efímero contra el terror de