Mientras el sol ascendía con una indiferencia cruel sobre el horizonte de Northumbria, sus rayos comenzaron a abrazar, con un calor que parecía un insulto, los cuerpos gélidos y desarticulados que Dravenhild había desechado tras su infame cena real. El amanecer no traía purificación, sino que iluminaba la magnitud de lo grotesco. No eran restos humanos lo que quedaba esparcido en el salón del trono; eran los despojos de una dinastía devorada, testimonios mudos y sanguinolentos de una ambición que había cruzado la frontera de lo humano para adentrarse en lo puramente monstruoso. La piedra del recinto, que durante siglos había albergado leyes y linajes, ahora estaba impregnada de una grasa humana que se negaba a enfriarse.Los daneses, ebrios de una mezcla tóxica de sangre, hidromiel y victoria, tomaron posesión de la ciudad y de las fortalezas circundantes con la voracidad de una plaga que reclama su derecho sobre la carroña. La ocupación no fue una transición política, sino una profan
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