El Conde Vlad observó una vez más el frágil cuerpo de su amada, una visión de porcelana agrietada que desprendía un excitante y punzante aroma a sangre fresca. Para sus sentidos sobrehumanos, aquel efluvio no era una señal de alarma, sino un perfume embriagador, una invitación carnal que nacía de las entrañas de la mujer que pretendía reclamar como suya. Se preguntaba, con una curiosidad casi científica y perversa, cómo podía estar tan distribuido aquel dulce aroma en un cuero tan delicado; cada poro de Catherine parecía exhalar la esencia de la vida que se derrama.Con una suavidad que ocultaba la fuerza capaz de triturar granito, tocó el cuerpo de su musa para rastrear la procedencia de tales heridas. El horror, frío y cortante, se instaló en su pecho cuando vio el daño: sus pies y manos estaban decorados con moretones violáceos y cortes profundos, surcos tallados por el metal despiadado de los grilletes que él mismo le había impuesto. El hierro, frío e inflexible, no había sabido a
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