Los golpes de la respiración de Dravenhild no eran humanos; eran el fuelle de una fragua antigua, rítmicos, pesados y cargados de una locura latente que se estrujaba contra los labios de su mujer. Él era un espécimen de virilidad salvaje, un danés cuya belleza resultaba insultante frente a la fealdad de la guerra que cargaba en los hombros. Ella lo miraba con una devoción que rozaba el masoquismo, atrapada en esa mirada de ojos azules que parecían dos fragmentos de hielo glacial atravesando su