XVII

Los golpes de la respiración de Dravenhild no eran humanos; eran el fuelle de una fragua antigua, rítmicos, pesados y cargados de una locura latente que se estrujaba contra los labios de su mujer. Él era un espécimen de virilidad salvaje, un danés cuya belleza resultaba insultante frente a la fealdad de la guerra que cargaba en los hombros. Ella lo miraba con una devoción que rozaba el masoquismo, atrapada en esa mirada de ojos azules que parecían dos fragmentos de hielo glacial atravesando su cráneo, desnudando no solo su cuerpo, sino la esencia misma de su sumisión. En ese contacto, Dravenhild se sentía completo, como si el acto carnal fuera la única forma de anclar su espíritu errante a la tierra que pretendía conquistar.

Sus labios se mezclaban en un beso que sabía a hierro y a rancio; el sabor metálico de un almuerzo compuesto por carne mal cocida y un desayuno de hidromiel agria. Pese a que ella no compartía sus mismos alimentos —manteniendo una dieta más delicada que contrastaba con la brutalidad de su señor—, en los labios de Dravenhild encontraba el sabor más delicioso que jamás hubiera probado: el sabor del poder absoluto. Para ella, el hedor a muerte que él desprendía era el perfume de la supervivencia; prefería ser la perra de un lobo que la viuda de un cordero.

Afuera de la alcoba, el silencio de los esclavos era absoluto, un vacío sepulcral solo roto por el sonido de sus propios corazones latiendo con el pánico de las presas. Escuchaban el accionar de la lujuria tras las pieles de oso que servían de puerta y temblaban. Sabían, por una experiencia tallada en cicatrices, que tras el éxtasis, el joven líder despertaba con un hambre que ninguna mujer podría saciar. Lo que Dravenhild anhelaba después del sexo no era descanso, sino la textura de la carne humana bajo sus cuchillos. Su saciedad solo llegaba con el desmembramiento, con el rito de ver la vida escaparse de los ojos de sus siervos, sintiendo cómo el calor vital abandonaba el cuerpo para transferirse a sus manos manchadas.

Incluso mientras estaba sumergido en la belleza de su mujer, la mente de Dravenhild funcionaba como una maquinaria de asedio. No era solo un hombre de instintos; era un líder cargado con la herencia de un linaje que exigía expansión. Necesitaba comunicarse con las tierras vecinas, tejer una red de terror y alianzas que aliviara la tarea de acumular hombres y mujeres para la gran invasión. El mapa de Inglaterra estaba grabado en su mente no con nombres de ciudades, sino con puntos de fractura y depósitos de oro.

Sus ojos se posaron en su hijo de apenas trece años, un muchacho que ya portaba la mirada gélida de su padre, aunque todavía empañada por una sombra de humanidad que Dravenhild despreciaba. El plan era claro y cruel: el niño debía viajar a Northumbria para encontrarse con su tío, un hombre que Dravenhild consideraba un residuo fallido de su estirpe, un danés que había preferido la comodidad del comercio a la gloria del hacha. El objetivo era exigirle el envío de soldados para la vanguardia. Era la prueba de fuego para una sangre que el líder consideraba corrupta por la duda.

—Si falla —susurró Dravenhild contra el seno de su esposa, mientras sus tripas rugían como un tigre hambriento—, le haré el ritual del Águila de Sangre.

La mención del rito hizo que el aire de la habitación se volviera pesado y cargado de un magnetismo oscuro. Abrir la espalda de un hijo, separar las costillas de la columna con la precisión de un carnicero sagrado y extender los pulmones como alas sangrientas para que muriera mirando al cielo no era una amenaza vacía; era una posibilidad estadística. La madre, lejos de horrorizarse, asintió con una calma gélida. Su amor no era protector, era evolutivo; si su hijo era débil, mejor era que su sangre alimentara la tierra antes que debilitara el clan. Ella accedió ante la casi súplica de su marido porque compartían una psique similar: la compasión era un defecto genético, un vocablo que no existía en su lengua. Ser despiadado era la única forma de ser invencible ante sus enemigos. Atacarían Northumbria antes que Inglaterra; necesitaban ambas carnicerías para cimentar el bienestar del pueblo danés sobre una montaña de cráneos extranjeros.

Mientras Dravenhild saciaba su hambre física con una "ofrenda extranjera" —una joven esclava cuyos gritos de desesperación le producían un placer más intenso que la intimidad con su esposa—, los demás cautivos buscaban una salida en la penumbra. El temblor de sus cuerpos era una constante, una vibración de muerte inminente que se transmitía por el suelo de tierra batida. Algunos pensaban que cerrar los ojos para siempre, entregarse al frío del norte, sería la mejor solución, pero el instinto de supervivencia es una cadena difícil de romper, incluso cuando el eslabón está al rojo vivo.

Entre ellos estaba William, un hombre de Inglaterra cuyo navío había naufragado en las costas danesas semanas atrás, convirtiendo su destino de comerciante próspero en el de una bestia de carga azotada. Una de las mujeres del séquito de la esposa del líder, movida por una curiosidad lasciva y peligrosa, lo observaba con determinación desde hacía días. Ella buscó en William un alivio a su propia monotonía de sangre, pero cometió el error de confiar en la aparente debilidad de un hombre que ya no tenía nada que perder excepto sus cadenas.

Esa noche, mientras ella dormía satisfecha tras haber usado el cuerpo decaído de William, el inglés encontró una reserva de adrenalina pura escondida en los pliegues de su desesperación. Con las manos entumecidas pero precisas, la asfixió en un acto de supervivencia límite, sin odio, solo con la frialdad del que busca la salida de un matadero. Escapó entre las rocas masivas que desafiaban al mar, con sus pies sangrando sobre el hielo, y en un golpe de fortuna que parecía una burla de los dioses, divisó un barco cargado de suministros listo para el viaje del hijo de Dravenhild.

Con el espíritu a punto de desfallecer y los pulmones quemando por el aire salino que sabía a escarcha y muerte, William y un puñado de esclavos abordaron la nave en el silencio de la madrugada. Mientras la madera crujía bajo la furia del mar oscuro y los rayos iluminaban un océano que parecía querer devorarlos, William solo tenía una esperanza: llegar ante su príncipe en Inglaterra. Necesitaba advertirle que el lobo del norte ya estaba afilando sus colmillos y que el rastro de sangre llegaba hasta sus propias costas.

Al otro lado del mar, en una Inglaterra que intentaba disfrazar su barbarie con leyes de seda y protocolos de mármol, se llevaba a cabo una inauguración histórica. Catherine, la reina cuya mente era un laberinto de estrategia, sombras y una oscuridad que pocos se atrevían a nombrar, observaba la escena oculta tras un pesado telón de terciopelo rojo. Ella era el arquitecto invisible de este nuevo orden: la creación del primer tribunal con jueces profesionales, un sistema diseñado para centralizar el poder bajo el pretexto de la equidad.

La dirección pública del evento recaía en el Conde, quien a los ojos del pueblo se erigía como un faro de nobleza y lealtad absoluta. Thomas, el rey, observaba con una aprobación silenciosa desde su trono, sintiéndose orgulloso del progreso de su reino, sin saber que cada regla dictaminada había sido filtrada y afilada por la voluntad de su esposa en las horas muertas de la noche. Las normas se esparcieron por Inglaterra como una nueva religión: quien violara la ley, no enfrentaría solo la espada del señor local, sino el juicio técnico de un tribunal que daría una sentencia "perfecta", inapelable y absoluta.

El prestigio del pálido Conde aumentó hasta niveles peligrosos, bordeando la idolatría. Los nobles, siempre ávidos de proximidad al calor del poder, deseaban casar a sus hijas con él, ignorando que su linaje era un enigma oscuro, un vacío que él llenaba con ambición. Todos percibían que el poder político y económico del reino se filtraba ahora por sus manos. Esas manos que, mientras sostenían los documentos de la ley, en la intimidad de sus pensamientos solo anhelaban tocar la piel de la reina, un deseo que lo devoraba como un cáncer silencioso.

El Conde observaba a Catherine con una devoción tortuosa que rozaba la locura. Veía cómo ella soportaba los rigores del embarazo con una elegancia espectral: el calor sofocante de las salas de audiencias, las náuseas que la hacían palidecer hasta parecer una estatua de mármol en un mausoleo. Él anhelaba, en un momento de locura mística, tener la capacidad de dar vida para aliviarla de ese peso, aunque su verdadera naturaleza estaba condenada a dar muerte. Por amor a ella, se obligaba a amar lo que ella cargaba en su vientre, ese heredero que era el sello de la unión de Catherine con Thomas, y cada vez que el niño pateaba en el vientre de la reina, el Conde sentía una puñalada de celos y adoración en partes iguales.

Esa noche, el cansancio físico de Catherine no se tradujo en descanso. Se sumergió en un sueño que no traía paz, sino una visión profética teñida de rojo. En su visión, se encontraba sola en la cúspide de una escalinata de color escarlata que crecía infinitamente hacia un cielo negro, desprovisto de estrellas. La arquitectura del lugar recordaba a una catedral construida con huesos humanos, donde el viento soplaba con el lamento de mil viudas.

Sostenía en sus manos las joyas que Thomas le había obsequiado con tanto amor: collares de oro, brazaletes de filigrana y una tiara que pesaba más de lo que el metal permitía. Pero al mirarlas de cerca, la belleza se transformaba en una obscenidad orgánica. El oro se sentía tibio, como carne recién despellejada, y las gemas empezaron a latir.

Su tiara, adornada con lo que ella creía que eran rubíes perfectos, empezó a supurar un líquido oscuro. Al tocar las piedras preciosas, estas se deshicieron en una consistencia viscosa y caliente. No eran cristales; era sangre vieja y coagulada. Una sangre espesa que empezó a correr por su frente, bajando por sus mejillas como lágrimas de un dios herido, manchando su vestido de seda blanca, empapando su vientre donde el futuro rey aguardaba.

—¿De quién es esta sangre? —gritó en el vacío de su sueño, pero solo recibió el eco distorsionado de su propia voz, que sonaba como el choque de mil espadas.

De pronto, la escalinata empezó a desmoronarse bajo sus pies. Miró hacia abajo y vio que el suelo no era piedra, sino un mar de cuerpos daneses e ingleses entrelazados en un abrazo de muerte eterno. Entre ellos, reconoció la mirada azul de Dravenhild, que la observaba con una sonrisa de depredador desde el fondo del abismo.

Catherine se despertó temblando, con el sudor frío pegado a su piel como una segunda capa de angustia. El contraste entre la felicidad doméstica que intentaba construir con Thomas y las visiones de carnicería que su propia alma le proyectaba era insoportable. Se llevó las manos al vientre, buscando la seguridad del movimiento de su hijo, pero solo sentía el eco del latido de los rubíes sangrientos de su sueño.

Deseaba ser feliz con la familia que había formado, pero en el fondo de su ser, una voz ancestral le susurraba que para una reina que ha construido su trono sobre cimientos de sombras y cadáveres, la felicidad era un lujo que el destino no estaba dispuesto a conceder sin un sacrificio final. La imagen de los rubíes convirtiéndose en sangre seguía grabada en sus pupilas, un presagio de que el hijo que esperaba no nacería bajo el canto de los ángeles, sino bajo el rugido de los cuervos en un campo de batalla.

Mientras Catherine intentaba calmar su respiración en la oscuridad de la alcoba real, en el puerto de un pequeño pueblo costero, William desembarcaba. Estaba sucio, harapiento y deshidratado, pero sus ojos brillaban con el fuego de los que han visto el infierno y han regresado para contar el cuento. Se desplomó sobre la arena inglesa, besando la tierra húmeda antes de ser rodeado por la guardia local.

—Llevenme ante el príncipe... pero no ante la Emperatriz Viuda—jadeó, con la voz quebrada por la sal—. El lobo está en el agua. El Águila de Sangre vuela hacia nosotros.

La noticia del escape de los esclavos llegaría pronto a oídos de Dravenhild. El líder danés, al descubrir el cuerpo asfixiado de la mujer y la desaparición de su barco, no montaría en cólera. Por el contrario, soltaría una carcajada gélida. El juego había comenzado antes de lo previsto. Su hijo, viendo la reacción de su padre, comprendería que el fracaso ya no era una opción; Northumbria caería, y después, el trono de Catherine se teñiría del mismo rojo que los rubíes de su pesadilla.

En el castillo real, el Conde permanecía despierto, mirando por la ventana hacia el mar. Podía oler el cambio en el viento. Sabía que la justicia que había ayudado a instaurar pronto sería puesta a prueba no con argumentos legales, sino con el filo de las hachas. Y en el fondo de su corazón oscuro, deseaba que el caos llegara, pues solo en la destrucción total tendría la oportunidad de reclamar lo que tanto anhelaba: el alma de la reina, aunque tuviera que recogerla de entre las cenizas de un reino devastado.

Inglaterra dormía, pero sus monarcas soñaban con sangre, y en el norte, la bestia ya había comenzado su banquete. La paz, esa frágil ilusión de seda, estaba a punto de ser desgarrada por los colmillos de un destino que no conocía la piedad.

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