La sangre se derramaba sobre las sábanas, como una copa de vino rechazada por manos torpes, extendiéndose en manchas densas que se impregnaban en la tela con una lentitud obscena, como si el propio tejido quisiera beber de aquel cuerpo agonizante. El cuerpo del espía temblaba, estremecido por la manera cruel en que la vida se le escapaba, gota a gota, suspiro a suspiro, en convulsiones breves y húmedas.
Raluca recogía cada hilo que descendía por el cuello pálido, saboreándolo con una devoción i