Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa virtud del Barón era un bálsamo amargo sobre una herida gangrenada. Gracias a su intervención, aquellos que habían sobrevivido a las últimas calamidades comenzaban a recibir un auxilio que llegaba con el olor de la caridad desesperada. Las contingencias climáticas no eran simples tormentas; eran latigazos de una naturaleza que parecía conspirar contra el reinado de Catherine. El cielo, un manto de nubes color plomo, escupía una llovizna helada que calaba hasta los huesos, transformando los caminos de socorro en lodazales intransitables donde la esperanza se hundía hasta las rodillas.
Los suministros de grano, que apenas alcanzaban para acallar el rugido de las tripas del pueblo, habían estado a punto de ser devorados por los saqueadores. Estos hombres no eran simples ladrones; eran espectros hambrientos, remanentes de un imperio que se desmoronaba desde las entrañas. Muchos de ellos actuaban bajo el influjo invisible de las facciones leales a la antigua emperatriz, movidos por el veneno que aquella mujer había inoculado en la estructura misma de la sociedad. Eran marionetas de una voluntad muerta, persistiendo en el caos solo para ver arder lo que ya no les pertenecía.
Fue un rastreador bajo las órdenes de Edward quien, tras días de seguir el rastro de sangre y hollín, encontró el cubil de los marginados. Escondidos entre el entramado de ramas secas y troncos podridos que parecían garras emergiendo de la tierra, estos parias aguardaban. Sus armas eran un insulto a la metalurgia: trozos de hierro oxidado atados a mangos de hueso, flechas con puntas de piedra tallada con furia. Sin embargo, su peligrosidad no residía en su sofisticación, sino en su salvajismo. Eran capaces de destripar a una escolta entera solo por un saco de harina rancia. La inseguridad en el reino no era un problema logístico, era una enfermedad sistémica. La Guardia Imperial, antaño el orgullo de la nación, era ahora una hilera de hombres con armaduras abolladas y ojos vacíos, operando al límite de su cordura mientras la estabilidad del trono se desvanecía como humo entre los dedos.
En la sala del trono, el aire era denso, saturado por el olor a cera quemada y el sudor rancio de la nobleza asustada. Un funcionario, cuya piel parecía pergamino viejo estirado sobre un cráneo, se desplomó ante la reina.
—Mi Reina —articuló con una voz que era un estertor—. Las fuerzas de Inglaterra son un cadáver que camina. Sin protección, sin un muro de acero que nos rodee, el próximo invierno será nuestra fosa común. No podemos seguir así, Majestad. El poder se nos escapa por las costuras.
Catherine sentía el peso de la corona como un yugo de hierro quemándole las sienes. El murmullo de la corte creció; era un siseo de víboras protegidas por encajes y sedas. En medio de ese ruido asfixiante, se adelantó un general de reciente nombramiento. Sus botas, manchadas con el barro de la frontera, dejaban huellas oscuras sobre los pulcros mosaicos imperiales. Su rostro era un mapa de cicatrices, y sus ojos tenían la fijeza de quien ha visto el abismo y no ha parpadeado.
—Majestad —dijo, golpeando el suelo con su frente en una reverencia que fue más un desafío que un acto de sumisión—. Tengo una propuesta que hará que los aquí presentes se lleven las manos a sus cuellos de terciopelo. Es una solución cruda, nacida del hambre y la desesperación, pero ante el fin del mundo, la etiqueta es un lujo que no poseemos.
Sus manos, herramientas de carnicero que habían arrancado vidas con la frialdad del acero bajo el sol, temblaban bajo una capa de sudor amargo. Sentía el rechazo visceral de la corte, una presión física que buscaba aplastarlo. Pero al levantar la vista y encontrar la mirada de Catherine —una mirada que espejaba su propio agotamiento—, el general encontró el último gramo de valor.
—Vengo de la plebe, de los rincones donde la vida no vale más que un mendrugo de pan. Allí, la tasa de jóvenes es la más alta del reino. Son fuertes, son feroces y no tienen nada que perder. Ellos le entregarán sus vidas, se convertirán en su espada y su escudo a cambio de una moneda de plata y el respeto que este palacio les ha negado siempre.
El silencio que siguió fue absoluto, una campana de vacío antes de la tormenta. Luego, los gritos de los nobles estallaron como disparos. "¡Entregar las armas a la chusma!", "¡Es una locura!", "¡Nos degollarán en nuestras camas!". Catherine extendió el cetro de rubí, cuya gema parecía palpitar con una luz de advertencia. Edward, de pie a su lado, apretaba los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos, sus ojos inyectados en sangre ante la insolencia de aquellos que hablaban de honor mientras el reino se desangraba. Caminó ella, hacia el general y, en un gesto que heló la sangre de los cortesanos, le sujetó el brazo con firmeza.
—Edward —la voz de la Reina era un hilo quebrado pero afilado—, ayuda al general a reclutar a esos hombres. Quiero una guardia que sepa lo que es el hambre, porque solo ellos sabrán defender el pan de este reino. En cuanto a ustedes —miró a los nobles con un desprecio gélido—, les sugiero que mediten sobre su utilidad. Mi paciencia es un recurso más escaso que el oro.
La sesión fue levantada, pero la tensión permaneció en el aire como el olor antes de un rayo. Los fondos para la construcción y las materias primas seguían siendo una quimera, una deuda que crecía con cada segundo. Raluca, cuya percepción de los estados anímicos abrazaba lo sobrenatural, observó cómo el agobio se enroscaba en los hombros de la reina. Comprendió que si Catherine no encontraba una salida para esa presión, su salud se quebraría irrevocablemente.
—Majestad —propuso Raluca en la intimidad de los aposentos—, el entrenamiento es la única forma de acallar los gritos de vuestra mente. Yo misma tomaré el lugar de Edward mientras él se ocupa de la leva.
Catherine accedió. El entrenamiento no fue una práctica, fue una flagelación litúrgica. En el patio de armas, bajo un sol que no calentaba pero sí cegaba, Raluca se mostró implacable. No había rastro de la dama de compañía en sus movimientos; solo una guerrera de instintos letales. Las espadas de madera no cortaban, pero cada golpe era un martillazo que molía la fibra muscular. Catherine caía una y otra vez sobre el suelo de piedra, su respiración convirtiéndose en un silbido agónico.
Sus manos, antaño suaves y cuidadas, se transformaron en una cartografía de dolor. Ampollas redondas y purulentas brotaron en sus palmas, fruto del roce constante con la madera tosca. Por las noches, sus sirvientas, con dedos temblorosos y ojos bajos, procedían al ritual de curación. Reventaban las ampollas con agujas de plata, dejando que la linfa y la sangre se mezclaran, para luego aplicar ungüentos espesos de eucalipto y menta que quemaban la piel con un frío abrasador. El cansancio era la única droga que Catherine aceptaba; solo cuando sus músculos pesaban como el plomo, lograba que el rostro de su marido y las intrigas políticas dejaran de torturarla.
En el rincón más oscuro del palacio, la viuda anciana alimentaba una locura que se nutría de los recuerdos del cuerpo. Su odio no era una emoción, era un organismo vivo que supuraba bilis. Al mirar a Catherine, la anciana no veía a su nuera, sino al espectro de la mujer que su propio marido había amado con una devoción patológica antes de su matrimonio. Cada gesto de la joven reina, la forma en que el cuello se curvaba o el tono de su risa, era un eco de la "ramera" original —como ella la llamaba—, aquella que se había negado a ser posesión de su esposo por amor al Rey de Luxiner.
Años atrás, movida por un celo que le había podrido el corazón, la entonces princesa había asesinado a aquella mujer con sus propias manos, deleitándose en el sonido de los huesos del cuello al quebrarse. Se había quedado con la cabeza de su rival, creyendo que así poseería finalmente el amor de su marido. Pero el Rey de Luxiner, roto por el hallazgo del cadáver en el lugar donde solían encontrarse, se dejó morir de inanición, siguiendo a su amada a la tumba y dejando a la asesina en un palacio lleno de ecos y desprecio.
Ahora, la risa de la anciana vibraba en los pasillos como el crujido de ramas secas. Planeaba repetir el ciclo. Veía cómo su hijo miraba a Catherine con la misma sed, con el mismo culto a ese espíritu primordial que ella nunca pudo encarnar. Estaba dispuesta a hundir sus manos de nuevo en la sangre para arrancar esa luz que la cegaba.
Esa noche, la oscuridad en la habitación de Catherine no era natural. Era una negrura densa, aceitosa, que parecía absorber la luz de las velas.
—Querida... —la voz del Duque reptó desde las sombras, un susurro que no llegaba a los oídos, sino directamente a la espina dorsal—. Ven a mí, pequeña reina.
Bajo un influjo hipnótico que sabía a hierro y a sueño sin fin, Catherine se dejó llevar. Sus ojos estaban abiertos pero vacíos. El Duque emergió de la nada, sus manos frías recorriendo la piel de la reina con una urgencia depredadora. Sus labios ocuparon los de ella, no en un beso de amantes, sino en una succión de energía y voluntad. La saliva del Duque, espesa como la de un animal rabioso, marcaba el cuello de Catherine mientras sus gemidos de lujuria se mezclaban con el silencio de la tumba.
Pero en el clímax de esa posesión oscura, el hechizo se rompió con una sola palabra.
—Thomas... Thomas... —gimió Catherine, invocando el nombre que era su único refugio, su único ancla en la realidad.
El Duque se detuvo en seco. Se desplomó de rodillas ante ella, su figura temblando violentamente. El impacto de sus huesos contra el suelo resonó como un trueno en la estancia. Llevó su rostro al pecho de la reina, no buscando deseo, sino una piedad que no existía para él.
—Nunca lo reemplazaré... ¿verdad? —preguntó con una voz que era un lamento de mil años.
De sus ojos, antes gélidos, brotaron unos hilos rojos. No eran lágrimas de agua; era sangre arterial, espesa y caliente, que quemaba sus propias mejillas como si fuera ácido. Este era su castigo eterno: sentir la humanidad a través del dolor de la pérdida, una y otra vez. Esas lágrimas ardían más que el fuego del infierno.
Ante el agónico llanto, su forma física se desvaneció, disolviéndose en una niebla fétida que se arrastró de vuelta al cementerio de la ciudad. Allí se enterraría, bajo la tierra húmeda y los gusanos, aguardando en un letargo de pesadilla a que Catherine, su obsesión y su tormento, volviera a necesitarlo en la oscuridad del siguiente día.







