Cassandra entró al despacho y sintió que el aire le quemaba los pulmones. Al ver a Ángelo herido, su corazón dio un vuelco, pero al notar la presencia de Rosa en la esquina, su rostro se convirtió en una máscara de hielo. Se acercó a él con paso firme, evitando mirarlo a los ojos para no quebrarse.—Señor Di Santi, por favor, quédese quieto —dijo Cassandra con una voz tan formal y distante que Ángelo arqueó una ceja, sorprendido—. Necesito evaluar la profundidad de la herida de inmediato.Ángelo captó la indirecta al instante. Ella nunca le decía "Señor Di Santi" a solas. Esa distancia era una alarma silenciosa.—Llega a tiempo, enfermera —respondió él, siguiendo el juego con una voz cargada de una frialdad peligrosa—. Unos delincuentes intentaron pasarse de listos. Rosa, quédate ahí por si necesito que sostengas algo.Cassandra comenzó a limpiar la sangre con una gasa, pero sus manos, aunque precisas, estaban rígidas.—Usted sabe que no debe exponerse así, señor, no puedo permitir qu
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