El Mercedes negro avanzaba lento por las calles empedradas que llevaban a la villa Rossi, los faros cortando la oscuridad como cuchillos. Dentro del habitáculo trasero, el aire estaba cargado, espeso, casi irrespirable. Cassandra intentaba mantener la respiración controlada, las manos apretadas en el regazo sobre la seda roja, pero cada vez que inhalaba sentía el perfume de Ángelo —cuero, colonia oscura, algo salvaje— invadiéndola como una droga. Él no había quitado la mano de su muslo desde que el coche arrancó. Los dedos seguían allí, abiertos, calientes, trazando círculos lentos que subían y bajaban por la piel expuesta a través de la raja del vestido. Cada vez que llegaba al borde del encaje de su ropa interior, se detenía, rozaba apenas con las yemas, y volvía a bajar. Era un toque sutil, torturador, que no cruzaba la línea… pero la hacía sentir como si ya la hubiera cruzado mil veces. Cassandra apretó las piernas instintivamente, intentando cerrar el camino. Su voz salió en u
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