La noche sobre los Hamptons no tenía piedad. La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión como si quisiera derribarlos, un eco sordo del caos que Ángelo traía consigo. Cuando la puerta principal se abrió, el olor a ozono, gasolina y sangre inundó el vestíbulo. Ángelo entró, empapado, con la ropa táctica pegada al cuerpo y el rostro cubierto de una mezcla de hollín y el plasma de sus enemigos. Vicente y Marco, también heridos pero firmes, lo flanqueaban, listos para llevarlo a su habitación.Cassandra apareció en lo alto de la escalera. Al verlo en ese estado, su mundo se detuvo. El terror paralizó su respiración por un segundo; el hombre que amaba se veía como una bestia salida del mismo infierno, una criatura de violencia pura que no reconocía. Pero entonces, su instinto de enfermera, forjado en años de emergencias, tomó el control. Bajó las escaleras corriendo, ignorando el miedo.—¡Ángelo! ¡Dios mío! —exclamó, arrodillándose a su lado mientras Marco lo ayudaba a pasar a la camil
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