La clínica privada de los Trovatto permanecía sumida en un silencio espeso, casi reverencial. No era el silencio tranquilo de la madrugada, sino uno tenso, contenido, como si incluso las paredes supieran que algo terrible había ocurrido y aguardaran, expectantes, el próximo estallido. Vega dormía. Su respiración era suave, irregular por momentos, pero estable. El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante que, para cualquier médico, era una buena señal. Para Alonso, sin embargo, no era suficiente. Nada lo sería hasta verla abrir los ojos, hasta escuchar su voz, hasta sentir que el mundo volvía a su eje. Él no estaba en la habitación. Se encontraba en el salón privado de la clínica, un espacio reservado para familias de alto perfil: sillones de cuero oscuro, una mesa baja de mármol negro, luz tenue y un ventanal que mostraba la ciudad australiana envuelta en una lluvia persistente. Alonso permanecía sentado, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y las
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