Alonso no dijo nada más. Solo le guiñó el ojo. Fue un gesto mínimo, casi descuidado, pero cargado de intención. Después se dio la vuelta y se alejó de la cocina con pasos tranquilos, seguros, como si no acabara de dejar a Vega desarmada en medio de la madrugada. Ella se quedó allí. Las manos aún le temblaban ligeramente, apoyadas en la encimera. Sus labios conservaban el eco del beso, una sensación tibia, peligrosa, que no se iba con facilidad. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y se maldijo en silencio. —Contrólate —se susurró—. No es amor. No puede serlo. No puedes ser tan vulnerable ante tú esposo de Contrato Vega de la Torre. Abandonó la cocina poco después, con el corazón aún acelerado. Pero cuando llegó a su habitación y se acomoda en su cama, conciliar el sueño fue imposible, los actos, los gestos y el beso con Alonso eran un dulce tormento. El amanecer llegó con una luz clara que se filtró por los ventanales de la Villa El Roble, tiñendo el interior de tonos suaves
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