La nieve amortiguó el golpe, pero no el terror.Vega rodó cuesta abajo sin poder gritar. El aire se le escapó de los pulmones en un gemido ahogado cuando su cuerpo dio la primera vuelta, luego la segunda, luego otra más. Todo fue blanco, frío y descontrol. La montaña no la recibió con piedad, pero tampoco con la brutalidad de la roca desnuda; la nieve espesa, acumulada por días, funcionó como una trampa blanda y traicionera que la envolvía, la empujaba, la giraba sin permitirle aferrarse a nada.Sus manos intentaron encontrar algo, una rama, una piedra, cualquier ancla, pero solo encontraron vacío y hielo. La bata se abrió, la bufanda se perdió en alguna vuelta, y el mundo dejó de tener arriba y abajo.El miedo fue lo último que pensó con claridad.Después, todo se volvió confuso.Cuando por fin dejó de rodar, su cuerpo quedó torcido, medio hundido en la nieve. El frío la abrazó con una crueldad silenciosa. Le dolía el costado, el hombro ardía, y un zumbido persistente le taladraba la
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