La puerta se cerró tras ellos con un sonido suave, casi ceremonial. La habitación era amplia, sobria y elegante. Tonos neutros, una cama grande vestida con sábanas claras, ventanales altos que dejaban ver cómo la tormenta aún respiraba sobre la noche australiana. El murmullo lejano del viento se colaba como un testigo indiscreto. Vega dejó la maleta a un costado, sin desarmarla.
Era la primera vez que compartían una habitación. No, se corrigió mentalmente. No estaba incómoda. Estaba nerviosa.