Cuando Vega bajó al comedor, el aroma del café recién hecho flotaba en el aire, espeso, intenso. La luz de la mañana entraba por los ventanales altos, iluminando la mesa larga de madera oscura, pulida hasta el extremo. Todo en ese lugar hablaba de orden, control… y de Alonso Trovatto. Él ya estaba allí. Sentado en la cabecera, con la espalda recta, traje oscuro impecable, como si el amanecer no lo hubiera sorprendido desprevenido, sino que lo hubiera estado esperando. Sostenía la taza de café con una sola mano, sin prisa, sin apuro. Su expresión era neutra, tallada en piedra. Exactamente como la primera vez que se habían visto. Vega se detuvo un segundo en el umbral. No porque tuviera miedo, sino porque algo en esa imagen la obligó a tomar aire antes de avanzar. Alonso levantó la mirada apenas cuando sintió su presencia. Sus ojos ámbar se posaron en ella con la misma frialdad calculada de siempre, evaluándola sin disimulo. —Buenos días —dijo Vega, rompiendo el silencio. Alonso n
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