El aire dentro de la oficina se había vuelto irrespirable. No era falta de oxígeno. Era la certeza de que, si se quedaba allí un minuto más, algo dentro de ella se rompería para siempre. Vega levantó lentamente el rostro. La luz del mediodía se filtraba tímida por las cortinas pesadas, dibujando líneas doradas sobre el suelo. Todo parecía en calma… una calma mentirosa. El tipo de silencio que antecede a una tragedia. —No —susurró—. No me voy a quedar aquí. Se puso de pie con dificultad. Las piernas le temblaban, no solo por el golpe, sino por la adrenalina que le recorría el cuerpo. Caminó despacio, como si el mínimo ruido pudiera delatarla, hasta la ventana. Al principio dudó. El cristal estaba cerrado, alto, demasiado alto. Abajo, varios pisos más abajo, la ciudad continuaba su ritmo como si nada estuviera ocurriendo. Autos, personas, vidas normales. Nadie sabía que ella estaba atrapada. Apoyó la frente contra el vidrio frío. —No voy a dejar que me encierre como a un animal —
Leer más