El despacho privado del hotel en Sídney estaba en penumbra cuando el informe llegó a manos de Alonso Trovatto.Era de noche en Australia. El cielo, visto a través de los ventanales de cristal templado, parecía un lienzo oscuro salpicado de luces urbanas. La ciudad vibraba abajo, indiferente a los movimientos estratégicos de un hombre que jamás perdía el control del tablero.Alonso sostenía la carpeta con una sola mano. La otra descansaba dentro del bolsillo de su pantalón negro perfectamente entallado. Vestía camisa blanca, sin corbata, con los primeros botones abiertos, como si el mundo no fuera digno de imponerle formalidades. Su postura era relajada. Su expresión, serena.Pero sus ojos ámbar…Sus ojos no lo estaban.—Así que decidiste mover una pieza sin permiso —murmuró con una sonrisa apenas visible.Frente a él, de pie y con la espalda rígida, estaba uno de sus hombres de confianza. El encargado de inteligencia interna. El único con autorización para hablar sin pedir turno.—Señ
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