El despacho privado del hotel en Sídney estaba en penumbra cuando el informe llegó a manos de Alonso Trovatto.
Era de noche en Australia. El cielo, visto a través de los ventanales de cristal templado, parecía un lienzo oscuro salpicado de luces urbanas. La ciudad vibraba abajo, indiferente a los movimientos estratégicos de un hombre que jamás perdía el control del tablero.
Alonso sostenía la carpeta con una sola mano. La otra descansaba dentro del bolsillo de su pantalón negro perfectamente en