El rugido del avión privado rasgó el cielo de Alborada antes incluso de que el amanecer terminara de asentarse sobre la ciudad. La pista estaba despejada. Todo había sido preparado con precisión quirúrgica. Cuando la puerta del jet se abrió, la figura de Alonso Trovatto apareció en lo alto de la escalinata. Vestía completamente de negro. El abrigo largo caía perfectamente sobre sus hombros, su cabello estaba impecable, pero su rostro… su rostro era otra historia. No había rastro de calma. No había rastro de ese control elegante que lo caracterizaba. Sus ojos ámbar… ardían. Y no era una metáfora. Era peligro puro. Alonso descendió los escalones sin prisa, pero cada paso llevaba una carga que hacía que el aire alrededor se sintiera más pesado. Los hombres de seguridad ya lo esperaban alineados, tensos, conscientes de que lo que estaba ocurriendo había cruzado un límite. Uno de ellos dio un paso al frente. —Señor… Alonso no lo miró de inmediato. Ajustó los guantes negros en
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