El tiempo había cambiado de ritmo. En aquel laboratorio frío, cada segundo parecía alargarse como una condena interminable. Vega ya no sabía cuánto había pasado desde que había despertado, pero sí sabía algo, la mañana se acercaba y con ella… su sentencia. El silencio que había reinado durante horas se rompió de pronto. Pasos. Más de uno, eran pasos pesados, firmes.Vega alzó la mirada lentamente. Su corazón dio un golpe seco en su pecho. La puerta metálica se abrió con un chirrido y ellos entraron. No uno. No dos. Eran cuatro hombres. El aire cambió. Se volvió más denso. Más oscuro. El guardia que la había estado vigilando se puso de pie de inmediato. —Jefe. Uno de los hombres avanzó. Era mayor. No por edad, sino por presencia. Autoridad. Crueldad contenida en cada gesto. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Vega con una calma que helaba la sangre.—Así que esta es… No terminó la frase. No hacía falta. Vega sostuvo su mirada. No bajó la vista. No tembló. Aunque por dentro… el miedo
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