El hospital estaba en silencio, no era un silencio cualquiera. Era uno cargado de peso. De esos que oprimen el pecho. De esos que anuncian que algo se ha roto… de manera irreversible. La familia Trovatto estaba reunida en la sala privada que el hospital había dispuesto para ellos. Nadie hablaba. Nadie se atrevía a romper aquella quietud que parecía sostener, apenas, lo poco que quedaba en pie. Los rostros eran distintos, pero el dolor… era el mismo. Una enfermera abrió la puerta con cuidado. —La familia Trovatto… —su voz fue suave, respetuosa—. El doctor ya está listo para hablar con ustedes. Nadie respondió de inmediato. Fue uno de los tíos quien asintió primero. —Vamos. El grupo se puso en pie lentamente. Como si cada movimiento costara. Como si avanzar significara aceptar algo que aún no querían entender. El despacho del médico era amplio, sobrio, frío. El doctor los observó entrar y se puso de pie. Su expresión ya decía demasiado. —Por favor… tomen asiento. Nadie quiso hac
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