El despacho estaba en penumbra.
Carlos Montero no había dormido en treinta y seis horas. La camisa blanca que llevaba puesta desde el día anterior estaba arrugada, manchada con el roce constante de sus manos tensas. En el cenicero frente a él, tres cigarrillos consumidos hasta el filtro dibujaban una escena de ansiedad contenida.
La ciudad aún estaba gris, apenas despertando. Pero él llevaba demasiado tiempo despierto.
Frente a él, sobre el escritorio, reposaba el informe médico.
“Estado ve