Tres días después de que los cimientos de BioTech se derrumbaran bajo el peso de la justicia salvaje, el cielo sobre Finlandia decidió, por fin, conceder una tregua. Las nubes de plomo se abrieron, dejando paso a un sol de invierno pálido y distante que iluminaba la nieve manchada de ceniza en los terrenos de la Mansión del Bosque Oscuro.El aire olía a pino, a ozono y a humo sagrado.En el claro ceremonial, doce piras funerarias ardían con llamas altas y rugientes. Doce guerreros, leales hasta el último aliento, que habían mantenido la línea contra el ataque sónico y la invasión de las quimeras genéticas.Mikael Berg permanecía de pie frente al fuego. Su uniforme de gala negro, impecable, contrastaba con el cabestrillo de seda oscura que sostenía su brazo izquierdo, aún vendado y palpitante por las quemaduras químicas. A su lado, Elena, sentada en una silla de ruedas de alta tecnología, se ajustó el manto blanco de la Luna sobre los hombros. Sus piernas aún no respondían, pero su col
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