El gas lacrimógeno y somnífero llenaba el salón de baile de Ginebra, creando una niebla espesa y lechosa. Los disparos de las armas automáticas de los mercenarios destrozaban las copas de cristal y las decoraciones doradas.
En el centro del caos, dos figuras se movían con una sincronización letal.
Elena rasgó su vestido de alta costura hasta el muslo para poder moverse. Se quitó los tacones de aguja y quedó descalza sobre el mármol frío. —¡A tus seis! —gritó ella.
Mikael giró sobre su eje. Su e