20 Años DespuésEn el gran balcón de la mansión, el viento del norte soplaba con la misma intensidad que dos décadas atrás, pero ya no traía amenazas, solo recuerdos. Mikael y Elena observaban el patio de armas iluminado por antorchas. El tiempo había sido curiosamente amable con ambos. Mikael, inmortal y eterno, apenas mostraba cambios salvo por unas vetas de plata en sus sienes que acentuaban su autoridad regia. Elena, aunque humana, irradiaba una vitalidad que desafiaba a su edad, alimentada por el vínculo inquebrantable y la magia residual de su familia.—Están listos —murmuró Mikael, pasando un brazo protector alrededor de los hombros de su esposa, atrayéndola hacia su calor—. Ya no son cachorros, Elena. Son los gobernantes de este mundo.Elena suspiró, apoyando la cabeza en el pecho duro de su esposo, escuchando ese corazón que latía solo por ella. —Para mí siempre serán mis niños, Mikael. No me importa que Eirik pueda obligar a un ejército a dormir con un susurro, o que Thorste
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