La nieve caía suavemente sobre los terrenos de la mansión. A simple vista, parecía una tarde tranquila. Tres niños jugaban cerca del límite del bosque, lejos de la casa principal.
En el centro de mando de una furgoneta negra camuflada a dos kilómetros de distancia, el Comandante de la unidad de élite de La Junta sonrió. —Objetivos visualizados. Los cachorros están solos. Sin guardias. Sin padres. Es el momento.
Victoria Thorne observaba desde su despacho en Zúrich a través de la cámara del casco del comandante. —No os confiéis —advirtió ella por el comunicador—. Recordad los informes genéticos. Sed rápidos. Sed quirúrgicos.
—Entendido, señora. Equipo Alfa, desactivad los sensores perimetrales.
El técnico de la furgoneta tecleó rápidamente. —Sensores desactivados. Cámaras en bucle. Estamos invisibles.
El equipo de asalto, doce hombres equipados con exoesqueletos de combate y rifles de red de titanio, avanzó silenciosamente entre los árboles. Se acercaron a los niños. Uno de ellos, el r