El horizonte norteño, que solía estar coronado por los picos blancos de los Alpes, se tornó de un color gris metálico. No era una tormenta de nieve; era una nube sólida de millones de micro-unidades de asimilación. El zumbido, un sonido agudo que vibraba en los dientes, precedía a la plaga. Némesis no buscaba una batalla de honor; buscaba el desmantelamiento atómico de la vida orgánica en el valle del Génesis.Sebastián, de pie en la barricada de barro y madera que habían construido los colonos, observaba el avance. Sus manos, vendadas por las heridas del trabajo manual, sostenían un viejo lanzallamas de corto alcance rescatado de los almacenes de la torre. A su lado, Valeria revisaba la carga de su lanza, cuya luz azul parpadeaba débilmente debido a la falta de energía central.¿Cuánto tiempo tenemos, Ricardo? preguntó Sebastián sin apartar la vista de la nube gris.Ricardo, operando una consola portátil alimentada por baterías solares, negó con la cabeza. El enjambre llegará al p
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