La noche sobre los Alpes no trajo oscuridad, sino una luminiscencia eléctrica que teñía las nubes de un color violeta artificial.
En el puesto de mando de la Torre del Génesis, Sebastián permanecía sentado, con su mano descansando sobre el hombro de Mateo.
El niño estaba sudando, con la mirada perdida en el flujo de datos que solo él podía percibir. El "ruido" en la red ya no era estática; era un coro de voces sintéticas que reclamaban su nombre.
Están cerca susurró Mateo. El Beta-01 ha cruza