El sol que se alza sobre el nuevo mundo no tiene el brillo agresivo de las líneas temporales anteriores. Es una luz suave, casi maternal, que acaricia las colinas verdes que ahora rodean la Torre del Génesis. Sebastián camina hacia el balcón de la torre, sintiendo por primera vez el peso real de la gravedad sobre sus hombros. Ya no hay una inteligencia artificial analizando su entorno, ni una reserva de energía ámbar reparando sus células. Es un hombre de carne y hueso, y esa vulnerabilidad le resulta extrañamente liberadora.A su lado, Valeria observa el paisaje con una paz que parece casi irreal. Lleva una túnica sencilla de lino, y su rostro, libre de las cicatrices de la resistencia, irradia una belleza serena. En sus brazos, Mateo, el niño de siete años que antes era solo una secuencia de datos y sueños, observa una mariposa que vuela cerca de ellos.Es hermoso, ¿verdad? susurra Valeria, apoyando su cabeza en el hombro de Sebastián.Es lo que debió ser desde el principio, Val
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