El verano llegó al Valle del Silencio no con la caricia dorada de los años anteriores, sino con la mordedura feroz de un depredador hambriento. Hacía tres meses que no caía una sola gota de agua del cielo. La tierra, habitualmente de un marrón fértil y acogedor, se había tornado grisácea y quebradiza, abriéndose en grietas sedientas que parecían bocas pidiendo auxilio.Lucas Vargas caminaba entre las hileras de la parcela "La Joya". El polvo se levantaba en nubes finas a cada paso que daba, cubriendo sus botas de una pátina blanca. Se detuvo frente a una cepa vieja, una de las que su padre, Alejandro, había plantado con sus propias manos hacía décadas. Las hojas, que deberían haber sido de un verde vibrante y carnoso en esa época del año, estaban mustias, curvadas hacia adentro en un intento desesperado de conservar la poca humedad que les quedaba."Se están muriendo, Paco", dijo Lucas con voz grave, tocando una hoja seca que se deshizo entre sus dedos.Paco, el hijo del antiguo capat
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