El otoño siempre traía consigo una melancolía particular al Valle del Silencio, pero ese año, la tristeza no venía del cambio de estación, sino de una llamada telefónica que Alex Vargas había recibido a las tres de la madrugada.
El funeral de Clara Vargas fue un evento multitudinario y elegante, tal como ella habría querido. Había muerto de un aneurisma repentino en su apartamento de París, a los cincuenta y ocho años, dejando tras de sí un imperio financiero impecablemente gestionado y un vací