El silencio en la Hacienda Vargas había cambiado de textura una vez más. Durante años, tras la muerte de Alejandro, el silencio había sido respetuoso, casi solemne, roto por la vitalidad de Elena. Pero tras la partida de la matriarca, cinco años atrás, el silencio se había vuelto denso, cargado de una responsabilidad histórica que recaía ahora enteramente sobre los hombros de la siguiente generación.Lucas Vargas, con las sienes ya plateadas y las manos endurecidas por décadas de trabajo en la viña, estaba sentado en el despacho que había pertenecido a su padre. El sillón de cuero, aunque re-tapizado dos veces, conservaba la forma del cuerpo de Alejandro, o tal vez era la imaginación de Lucas la que sentía el abrazo fantasma de su padre cada vez que se sentaba allí.La puerta se abrió sin llamar. Solo había una persona en el mundo que entraba en ese despacho con la misma autoridad impetuosa que tenía Alejandro."Tenemos un problema, Lucas", dijo Sofía Vargas, cerrando la puerta tras d
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