El verano llegó al Valle del Silencio no con la caricia dorada de los años anteriores, sino con la mordedura feroz de un depredador hambriento. Hacía tres meses que no caía una sola gota de agua del cielo. La tierra, habitualmente de un marrón fértil y acogedor, se había tornado grisácea y quebradiza, abriéndose en grietas sedientas que parecían bocas pidiendo auxilio.
Lucas Vargas caminaba entre las hileras de la parcela "La Joya". El polvo se levantaba en nubes finas a cada paso que daba, cub