La normalidad en la Hacienda Vargas era un concepto relativo. Para el mundo exterior, eran la imagen de la perfección aristocrática: el magnate del vino reformado, la artista talentosa y sus hermosos hijos corriendo por los viñedos que producían el mejor Gran Reserva del país. Pero dentro de los muros de piedra, la vida era un caos hermoso, ruidoso y, a veces, complicado.Habían pasado tres meses desde que Lucas Montoya había cruzado el umbral de la casa con su mochila de superhéroes y sus ojos llenos de desconfianza. Tres meses de intentar encajar una pieza cuadrada en un agujero redondo.Esa mañana de martes, el desayuno era el campo de batalla habitual.—¡Mateo, sácate la tostada de la oreja! —exclamó Elena, intentando limpiar al niño de dos años que había decidido que la mermelada de fresa era un excelente producto capilar.—Yo lo ayudo —dijo Clara, de cinco años, que con su habitual eficiencia mandona, agarró una servilleta y frotó la oreja de su hermano con un poco más de fuerza
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