El regreso a la Hacienda Vargas no fue triunfal. No hubo música heroica ni suspiros de alivio instantáneo. Hubo, en cambio, un silencio denso y pesado, solo roto por el zumbido remanente en los oídos de Elena tras el vuelo en helicóptero y el latido desbocado de su propio corazón, que se negaba a desacelerar.Alejandro la llevó en brazos desde el helipuerto hasta la casa. No permitió que sus pies tocaran el suelo. Su agarre era férreo, posesivo, como si temiera que si la soltaba, ella se desvanecería en el aire como humo. Su camisa blanca estaba manchada de tierra y sudor, y había una mancha de sangre seca en su manga (sangre de Ricardo, o quizás de Elena, ella no estaba segura), pero a él no parecía importarle.Matilde los esperaba en el vestíbulo. Al verlos, la anciana se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo. Vio el labio partido de Elena, la suciedad en su ropa y la expresión salvaje en los ojos de Alejandro.«¡Señora!», exclamó Matilde, corriendo hacia ellos. «¡Dios mío,
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