El despacho principal del bufete Roca & Asociados, situado en la planta 35 de uno de los rascacielos más exclusivos de la Diagonal, tenía unas vistas espectaculares de Barcelona. Pero nadie estaba mirando por la ventana.El aire dentro de la sala de reuniones estaba viciado, cargado con el olor a café rancio, tóner de impresora y ansiedad legal. Las mesas de caoba estaban sepultadas bajo montañas de expedientes, cajas de pruebas y tablets encendidas.Felipe Roca, el abogado penalista más caro y despiadado de la ciudad, se quitó las gafas de lectura y se frotó el puente de la nariz. Parecía agotado.—¿Estás segura de esto, Elena? —preguntó Roca, con voz grave—. Porque una vez que presentemos la lista de testigos, no hay vuelta atrás.Elena Vargas estaba de pie frente a la pizarra blanca donde habían trazado el organigrama criminal de Arthur Lorden. Llevaba un traje sastre impecable, comprado esa misma mañana para reemplazar la ropa táctica de montaña, pero sus ojos aún tenían la dureza
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