ZZZZZZZT.
El sonido de la sierra radial cortando metal era estridente, una tortura para los oídos, pero para Elena Vargas fue la sinfonía más hermosa que jamás había escuchado.
Chispas de color naranja cayeron dentro del habitáculo oscuro, bailando sobre sus chaquetas como luciérnagas suicidas. El aire frío y fresco entró a borbotones, desplazando el olor a sangre y miedo que había llenado su tumba de hielo durante la última hora.
El techo aplastado del Jeep Wrangler cedió con un gemido metálic