—¡Vámonos, Rafael! —gritó Elena, tirando de la manga de su chaqueta—. ¡Quedan cuarenta segundos!
El pasillo de la Estación Helios temblaba violentamente. El sistema de autodestrucción "Ícaro" no solo estaba contando hacia atrás; estaba desestabilizando los cimientos del búnker. Tuberías de vapor reventaban en el techo, escupiendo chorros de gas hirviendo. Las luces rojas giratorias convertían el corredor en una escena estroboscópica del infierno.
Pero Rafael Montoya no corrió hacia la salida.
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