El universo se había reducido a un ataúd de metal retorcido.
No había arriba ni abajo. No había norte ni sur. Solo había oscuridad. Una negrura densa, pesada y física que parecía presionar contra los ojos abiertos de Elena Vargas, cegándola con la misma eficacia que si se los hubieran arrancado.
El silencio era absoluto, salvo por tres sonidos: el crujido ocasional del chasis del Jeep asentándose bajo el peso de la montaña, el goteo rítmico de algún fluido del motor, y el sonido rasposo y sibil