—Bajen las armas —dijo la voz de Arthur Lorden, resonando con una calidad de audio envolvente que llenaba la sala de control—. No se puede matar a un fantasma disparando a los píxeles.
Elena Vargas mantuvo el rifle alzado, apuntando al pecho digital del hombre en la pantalla gigante de ochenta pulgadas. Sus brazos temblaban por el esfuerzo, el frío residual y la adrenalina.
A su lado, Rafael bajó la pistola lentamente, reconociendo la futilidad del gesto.
—Sal de esa pantalla y enfréntanos, cob