El río Llobregat no era agua. Era una sopa espesa, fría y contaminada de fango, aceite y sedimentos industriales.Bajo la superficie, la luz del día se había filtrado hasta convertirse en un resplandor verdoso y moribundo que apenas iluminaba el interior del Land Cruiser destrozado. El silencio era absoluto, una presión física que aplastaba los tímpanos, roto solo por el burbujeo sordo del aire escapando de los pulmones y de la carrocería.Elena Vargas sentía que el pecho le iba a estallar.Sus pulmones, privados de oxígeno durante casi dos minutos, ardían como si hubiera tragado brasas. El instinto de supervivencia, ese lagarto primitivo que vive en la base del cerebro, gritaba una sola orden: Inspira. Abre la boca. Inspira.Pero Elena sabía que inspirar significaba morir.Frente a ella, en la penumbra turbia, Rafael se movía con la desesperación de un animal enjaulado. Sus manos tanteaban el suelo fangoso del vehículo, buscando la navaja perdida.Mía, flotando inerte sujeta por el c
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