El émbolo de la jeringa bajó con una suavidad aterradora.Elena Vargas observó cómo el líquido dorado, esa mezcla imposible de la ciencia de su padre, la memoria de su hermana y la culpa de la familia de Rafael, desaparecía dentro del catéter que conectaba con la vena del brazo izquierdo de Mía.No hubo sonido. No hubo un trueno.Solo la física de fluidos haciendo su trabajo. El oro líquido entró en el torrente sanguíneo, corriendo hacia el corazón para ser bombeado directo al cerebro que se apagaba.Elena retiró la jeringa y la dejó sobre la bandeja metálica con un clac tembloroso.Rafael, al otro lado de la camilla, puso una mano sobre el hombro de Mía, como si quisiera anclarla a la tierra.—¿Y ahora? —preguntó Rafael, con la voz ronca.—Ahora esperamos —respondió el Dr. Richter desde la consola de monitoreo, con el sudor perlando su frente—. El compuesto tiene que cruzar la barrera hematoencefálica. Si la fórmula es correcta, las neuronas deberían empezar a disparar en... sesenta
Leer más