El zumbido del mecanismo de la bandeja de seguridad sonó como un disparo en la sala de visitas.Clack-zzzzzt.La bandeja de metal se deslizó por debajo del cristal blindado, pasando del lado libre al lado confinado. Sobre la superficie fría de acero descansaba una fotografía impresa en papel brillante.Elena había logrado que el abogado, el Sr. Paredes, imprimiera la imagen de la tumba en la pequeña impresora láser de la sala de administración, bajo la excusa de "documentación legal familiar". La calidad no era perfecta, los colores estaban un poco saturados, pero la lápida de Alejandro Vargas se veía nítida bajo la lluvia gris.Carmen cogió la foto con manos que, por primera vez, no parecían garras corporativas, sino manos humanas.La sostuvo con delicadeza, como si el papel fuera piel viva.Acercó la imagen a su rostro. Sus ojos recorrieron las letras grabadas en la piedra, las flores secas, el abandono del cementerio.Lentamente, Carmen inclinó la cabeza y besó la foto. Besó la tum
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