El laboratorio de la Clínica Teknon se había convertido en una zona de guerra química.No había disparos, pero el sonido era igual de enervante: el zumbido agudo de las centrifugadoras girando a quince mil revoluciones por minuto, el siseo del nitrógeno líquido escapando de las válvulas de presión y, de fondo, amortiguado por el cristal de seguridad pero omnipresente, el pitido rítmico y acelerado del monitor cardíaco de la habitación contigua.Bip-bip-bip-bip.Cada pitido era un segundo menos de vida para Mía.Elena Vargas estaba inclinada sobre una mesa de acero inoxidable, con las gafas de protección empañadas por el sudor y el calor de los mecheros Bunsen. Sus manos, enguantadas en nitrilo azul, se movían con una velocidad que rozaba el pánico.Frente a ella, abierto y sujeto con pinzas para que no se cerrara, estaba el cuaderno sucio de Carmen.La página 42.—¡Richter, la temperatura está subiendo demasiado rápido! —gritó Elena, sin levantar la vista de las notas manuscritas—. ¡C
Leer más