La pared era blanca.Ofensivamente blanca.Un blanco de cáscara de huevo, liso, sin imperfecciones, sin retratos de antepasados juzgando desde marcos dorados, sin cámaras ocultas detrás de espejos trucados.Elena Vargas estaba sentada en el suelo de parqué flotante, con las piernas cruzadas, mirando esa pared como si fuera un jeroglífico indescifrable.Llevaba una camiseta de algodón grande que pertenecía a Rafael y unos pantalones de chándal grises. Hacía tres días que se habían mudado a este ático en el barrio de Gracia. Era un espacio moderno, luminoso, anónimo. Nadie aquí sabía que ella era la heredera de un imperio biotecnológico caído. Nadie sabía que había escapado de un psiquiátrico o que había asaltado un puerto comercial.A su alrededor, el salón era un laberinto de cajas de cartón sin abrir."LIBROS". "ROPA MÍA". "VARIOS".El silencio era absoluto.Y era aterrador.Durante meses, la vida de Elena había sido una cacofonía de amenazas, sirenas, gritos, órdenes y latidos de co
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