El interior de la ambulancia era una cápsula de luz blanca cegadora y ruido ensordecedor, lanzada a ciento veinte kilómetros por hora a través de las arterias de Barcelona.—¡La presión está bajando! ¡Sistólica en 80! —gritó el paramédico, un hombre joven con ojos cansados que se movía con una eficiencia frenética sobre el cuerpo de Diego—. ¡Pásame dos unidades de coloide, rápido!Elena estaba encajada en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho, ignorando la sangre que manchaba su vestido de alta costura. Sus manos, todavía enguantadas en polvo de pólvora y suciedad, aferraban la mano derecha de Diego como si fuera el único asidero en un huracán.—No te mueras, idiota —susurró Elena, con la voz quebrada por el traqueteo del vehículo—. No te mueras ahora que por fin has hecho algo bien.Diego Salazar tenía los ojos cerrados. Su piel, normalmente bronceada, tenía el color de la cera vieja. La máscara de oxígeno de plástico transparente se empañaba rítmicamente con cada respiración,
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