El pasillo terminó en una puerta de esclusa de aire, sellada herméticamente.Cuando Elena cruzó el umbral, las luces fluorescentes del techo parpadearon con un zumbido eléctrico agónico, como insectos despertando de una hibernación de veinte años. Una tras otra, las barras de luz se encendieron, iluminando el espacio con un resplandor blanco, clínico y parpadeante.Elena se detuvo, con el corazón golpeándole las costillas.Esperaba encontrar un laboratorio de alta tecnología, similar a las instalaciones subterráneas de Apex o a la clínica donde Carmen había encerrado a Mía. Esperaba cromo, cristal táctil y esterilidad azulada.Lo que encontró fue un cementerio.El SANCTUM no era el futuro. Era el pasado congelado en ámbar.Era una sala diáfana de unos cien metros cuadrados, abarrotada de equipos que en 1999 debían haber parecido ciencia ficción, pero que ahora parecían reliquias arqueológicas. Monitores CRT de tubo, enormes y beige, ocupaban mesas de trabajo repletas de cables enmarañ
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