Chloe DonovanEl aire en el taller seguía pesado, saturado con el aroma de nuestra entrega y el olor metálico de los óleos. Mi cuerpo aún vibraba por el contacto de Dominic, pero mi mente, ahora libre de la neblina del deseo, era un nido de avispas. Sus palabras sobre la traición resonaban en mis oídos como una sentencia de muerte. “La mentira de quien tiene mi confianza... eso no tiene perdón”.Cada caricia suya ahora se sentía como una cadena. Me separé de él, buscando mi camisa esparcida por el suelo. El frío del taller me golpeó, pero fue el frío de la realidad lo que realmente me estremeció.—Tienes que marcharte, Dominic —dije, dándole la espalda mientras me abotonaba la camisa con dedos temblorosos.El silencio que siguió fue denso. Pude sentir su mirada clavada en mi nuca, esa mirada de gárgola que parecía capaz de ver a través de las paredes y, lo que era peor, a través de mis secretos.—¿Me estás echando, Ross? —su voz era baja, peligrosa, con ese tono que usaba cuando algui
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