Dominic BlackwoodEl trayecto al hospital fue un infierno de reproches. Chloe, con las manos temblorosas y una mancha de mi sangre en su mejilla, conducía mi coche como si estuviera huyendo de un bombardeo. No paraba de gritarme que era un idiota, que por qué no llevaba el arma, que por qué me puse delante de la bala.—¡Cállate, Ross! —le espeté mientras cruzábamos las puertas de urgencias—. Es solo un rasguño. He tenido cortes con papel más profundos que esto.—¡Te dispararon, Dominic! ¡Por mi culpa! —sus ojos estaban inyectados en sangre, no de ira, sino de un pánico puro que me resultaba insoportable porque me hacía sentir... humano.Una vez en la suite privada, los médicos intentaron echarla, pero ella se plantó como una fiera. Me obligó a sentarme, me discutió el tipo de anestesia y casi le arrebata las vendas a la enfermera para hacerlo ella misma. Estaba fuera de sí. Al verla así, tan frágil y guerrera a la vez, mi irritación se evaporó. Me burlé de su dramatismo, le dije que p
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