MíaEl portazo de Oliver aún resonaba en las paredes de cristal de mi despacho, un eco furioso de su derrota. El silencio que siguió, sin embargo, no fue de paz, sino de una tensión electrizante. Alan seguía allí, su presencia llenando cada rrecoveco de la oficina. Sus ojos, antes tan duros y fríos mientras despachaba a su hermano, ahora me miraban con una ternura que me desarmaba. Él había sido mi escudo, mi espada, y ahora era mi refugio.—¿Estás bien, nena? —preguntó Alan, su voz baja y cargada de una preocupación genuina. Sus manos se deslizaron de mi rostro para rodear mi cintura, atrayéndome hacia él—. Ese imbécil..Negué con la cabeza, apoyándola en su pecho. Podía sentir el latido fuerte y constante de su corazón bajo mi oído, un ritmo que me anclaba a la realidad, lejos de la toxicidad de Oliver.—Estoy bien. Solo... la bajeza de mi padre sigue sorprendiéndome. Entregar la empresa a Oliver, sabiendo que está a punto de irse a pique, solo para castigarme a mí... es cruel. Y Ol
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