Mía
El silencio que siguió a la partida de Alan de mi oficina fue denso, pero esta vez no era un silencio cargado de angustia, sino de una satisfacción líquida que me recorría el cuerpo como un bálsamo. Alan me había dejado allí con una caricia posesiva en la mejilla y una promesa de vernos en el ático al final del día. Me sentía revitalizada, la piel me hormigueaba por el contacto reciente y el peso del diamante de talla esmeralda en mi dedo era un recordatorio constante de que ya no estaba s